En el siglo XVIII fue ampliada, incorporando un elegante patio frontal decorado con jaspe gris y rojo que realza su fachada.
En 1988 tuvo que cerrarse al culto debido a su deterioro, pero en 1994 comenzaron las obras de restauración, financiadas por los feligreses y el Obispado.
La restauración siguió las directrices del Concilio Vaticano II, situando el altar en el centro de la nave para favorecer la participación de los fieles. También se añadieron tres arcos sobre las hornacinas del presbiterio, aportando armonía y modernidad al conjunto.